#19 OCCIDENTOSIS, por Natalia Babarovic.

La pintora chilena Natalia Babarovic (1966) escribe el siguiente texto a modo de nota curatorial para el catálogo de la exposición “Occidentosis”. En él, la artista reflexiona y analiza el quehacer pictórico de cuatro jóvenes pintores, los que durante casi un año realizaron tutorías y análisis de procesos en su taller y bajo su tutela. Los resultados de las investigaciones de Krasna Vukasovic, Julián Farías, Cristian Osorio y Andrea Murden (mencionados en el texto), dan cuerpo a la exhibición, realizada durante el mes de marzo del año 2019 en la galería The Intuitive Machine, en Santiago de Chile.

Este proyecto es el resultado del trabajo de cuatro artistas jóvenes que reflexionan sobre el sentido de su quehacer y particularmente sobre la capacidad de la pintura de morir y renacer de manera cíclica. Desde abril del 2018 han asistido a las sesiones de análisis y experimentación en pintura que doy los días jueves en mi taller. En esas conversaciones surgieron varios referentes azarosos, como por ejemplo, Café Muller, de Pina Bausch, en YouTube, los paisajes de fondo de Giotto y Maestro dell’Osservanza, un Kouros, y más; diversas referencias al arte del siglo XX y a la Historia del arte vista desde el punto de vista de la modernidad. Las manualidades del siglo XX nos distraen hasta el paroxismo. Parece a nuestros ojos, que estas artes, desde fines del siglo XIX hasta fines del siglo XX, han sido despachadas en nuestro país de un plumazo muy drástico, habiendo tanto por hacer. A estas pasiones regresivas se refiere el título Occidentosis.

 

Julián Farías parte de un problema que podría interesar tanto a Boltanski como a Dittborn o a Carlos Altamirano, la identidad del padre a partir de una fotografía carcelaria producida en un centro de detención clandestino en Argentina. Pintadas con aerosol, figuras masculinas como la de Mishima, Lenin y Churchill, las de los pintores franceses Corot y Delacroix, y otras formas humanas pétreas, no se sabe si quieren aparecer o desaparecer, a causa de la distancia sin toque de mano a que obliga el spray; también a causa de la indefinición de las líneas, que han desaparecido totalmente. Es allí donde demuestra también su soltura respecto de las imposiciones del estructuralismo de los artistas mencionados al comienzo. Porque la pintura spray es una pintura de batalla, funciona explosivamente, fusionando lo que está separado, cartones, telas, muros, ventanas, el pintor sólo firma y huye. Este producto es expresivo sin serlo. La violencia le es inherente. Julián Farías logra detenerla por momentos y luego cede.

Cristian Osorio ha ido madurando desde hace tiempo su relación con la pintura, por un lado y su relación con la ciudad por otro. Estas dos cosas comenzaron a unirse cuando pintó el primer salón de clases vacío. Este objeto es un gran pedazo de tela, que Osorio preparó toscamente con quién sabe qué, transformándola en una especie de muro blanco muy irregular. Esta preparación extra-absorbente, hizo tan arduo el trabajo de pintar, que la resultante aparición del salón con las sillas vacías parece un  milagro. Su vividez está sostenida por el hecho de que no se trata de un objeto bidimensional sino más bien del muro de una caverna. La caverna que Cristián Osorio traslada con sus trastos cada vez que cambia su taller de un lugar a otro, cosa que hace con frecuencia.

Continuó pintando la escena universal de los pasajeros nocturnos de una micro, encapsulados en las ventanas de ángulos redondeados sobre el mismo tipo de tela, preparada sin bastidor. Aquí imita con óleo el grafiti que por poco borra las figuras de los pasajeros. Jóvenes artistas nos informan, que estos rayados en las ventanas de los buses, están hechos con ácido y por lo tanto no se pueden borrar.

 

Krasna Vukasovic, en el mismo espíritu de un pintor callejero, viene arrastrando su brocha por distintas superficies, probando sin parar, excepto a reflexionar sobre las posibilidades que ve en cada objeto que llega a su mano. Siempre acepta lo que encuentra, como con un cierto cariño. Creo que es una mezcla de curiosidad y talento expresionista que tiene esta pintora. Hace una lectura instintiva del valor simbólico de los colores y entiende que la superficie del soporte también pinta. Fue así, que se cruzaron en su camino varios metros de cortinas black-out y un video de Café Muller de Pina Bausch. Este cruce produjo las pinturas que se ven en esta exposición. Desplegadas en los muros de la galería plantean la ecuación de visibilidad entre cada cortina y las imágenes que las oscurecen por partes. Pero el triunfo del espacio en blanco es sólo aparente. Cada cortina está torcida por la fuerza de un plano representado o por la dirección de un gesto en un personaje.

En las pinturas de Andrea Murden frágiles gestos negativos constituyen el procedimiento que aplica a los materiales que elige como soporte. Lo hace con cuidado y sin arrebato, tal vez porque está acostumbrada a una concentración de quien sabe investigar y conoce los efectos de la constancia y la acumulación. Rehuye las sutilezas del óleo; incluso el acrílico es muy noble para sus propósitos. Hay infiltrada en su melancolía una ideología iconoclasta. Simulando ser una señorita, ojea revistas de decoración. Con una pintura ruda y cubriente, de un color claro y artificial, como de parche de muro, de parche de carrocería desabollada; un color lo más parecido al muro pero nunca igual con que los vecinos borran los grafiti. Cuando llega el momento, Murden comienza a borrar. Borrar partes de estas imágenes de las revistas, seleccionando figuras geométricas en cocinas, lámparas y plantas, que producen, finalmente la sensación de un negativo o una post imagen; como cuando uno se encandila. Este procedimiento de síntesis reduce los elementos de la imagen y también su profundidad, los layers se fusionan. Captura algo que no es ni figura ni fondo. De este modo, naturalmente ha comenzado a experimentar en grabado. En esta muestra se verán los resultados de esta experimentación y de sus aplicaciones en la pintura.

Natalia Babarovic

 

Acerca de Natalia Babarovic (1966)

Vive y trabaja en Santiago de Chile, principalmente en pintura (óleo sobre tela y papel, acuarela) y en fotografía. Licenciada en Artes, mención pintura de la Facultad de Artes de la Universidad de Chile (1990), ha exhibido en países como Chile, Perú, Inglaterra, Francia y Estados Unidos. Algunas de sus obras forman parte de las colecciones permanentes de las siguientes instituciones chilenas: Museo Nacional de Bellas Artes, el Museo de Arte Contemporáneo y el Museo de Artes Visuales.

 

 

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