#10 APUNTES PARA UN BELLO PAÍS, por gastón j. muñoz j.

La crítica, curadora, docente e investigadora de arte gastón j. muñoz j. (Chile, 1993) escribe para la exposición de su propia curatoría “Miguk”, del fotografo chileno Esteban Vargas Roa en Estudio de Arte Privado. Santiago de Chile, Abril, 2016.

Retoque de la falta de lo «propio» (por el déficit de originalidad que marca las culturas secundarias como culturas de la reproducción) mediante la sobremarca cosmética ―extranjerizante― del disfrazarse con lo «ajeno». Vista desde el centro, la copia periférica es el doble rebajado, la imitación desvalorizada de un original que goza de la plusvalía de ser referencia metropolitana. Pero vista desde si [sic] misma, esa copia es también una sátira postcolonial [sic] de cómo el fetichismo primermundista proyecta en la imagen latinoamericana representaciones falsas de originariedad y autenticidad (la nostalgia primitivista del continente virgen) que Latinoamérica vuelve a falsificar en una caricatura de si [sic] misma como Otro para complacer la demanda del otro.

Nelly Richard (1993)

 

La efervescencia de la cultura coreana ha sobrepasado fronteras geográficas y sitúa a Seúl como la nueva cuna de tendencias culturales en Asia. Fenómenos tales como el «k-pop» han posicionado a Sur Corea ante las masas, generando un amplio interés colectivo, a nivel mundial. Los códigos que rigen la belleza masculina y femenina en el sudeste asiático invaden la mirada hegemónica de la aldea global, imponiendo en una nueva escala las corporalidades de la ambigüedad de género en la cultura popular occidental. Una ambigüedad que va más allá que ciertos ejercicios sectarios en círculos artísticos independientes, o bien grupos proselitistas de la alta moda, los cuales calaron paulatinamente en la opinión pública (de Occidente) desde la década de los noventa.

«Miguk» es la palabra coreana que designa a los Estados Unidos. Desde la mirada etimológica, esta palabra emerge de la conjugación de dos ideogramas chinos: 美[1], que refiere a lo bello con cierta connotación femenina, y 國[2], que designa la idea de país. En síntesis, la manera de referirse a Estados Unidos en coreano sería algo así como «bello país». ¿Por qué la fijación del idioma coreano por la idea de los Estados Unidos? La respuesta puede ser bastante arbitraria. Antes de que se aplicaran las reglas modernas de traducción de objetos foráneos al coreano en el siglo veinte ―a diferencia de otros idiomas, por ejemplo el inglés estándar, el coreano respeta la pronunciación nativa de una localidad para referirse a la misma― los modismos para referirse a las «naciones» o etnias que ya eran empleados comúnmente en el lenguaje decimonónico se conservan en el nuevo ordenamiento. La cantidad de «países» extranjeros referidos comúnmente en el coreano eran escasos, uno de ellos Estados Unidos. La nomenclatura de «bello país» provenía del lenguaje chino, donde era típico llamar a un país equiparando el sonido de su nombre con algún ideograma de uso común: a-ME-rica = 美 [měi] + complemento que designa país 國 [guó].

Con esta explicación anterior no termina de describirse la esteticidad de la concordia incidental entre conjugación de ideogramas chinos y estado político actual. Esto es, pensando desde los modos estéticos, el vínculo entre la presencia económica y militar de Estados Unidos en Corea del Sur y el auge surcoreano dentro de la cultura del espectáculo transnacional, bajo el fenómeno denominado k-pop[3]. En el campo semántico «미국» se encuentra reflejado el tenor político de Corea del Sur ―opositor histórico del proyecto socialista― bajo el liderazgo de la Presidenta Geun-hye Park: la sublevación de la mujer política como agente de la geopolítica neoliberal. Chile, por su parte, no propone sino más bien recibe el influjo de la potencia cultural surcoreana, sin embargo, no le es ajeno el colonialismo estadounidense en su historia. Tampoco le es ajena la mujer política como agente de las prácticas neoliberales, con figuras tales como la Presidenta Michelle Bachelet.

Sin duda, las influencias de las estéticas asiáticas son notorias en las juventudes latinoamericanas. Los jóvenes, chilenos, latinos, varios reconociendo su pertenencia a la comunidad LGTBIAQ+[4] durante su proceso de individuación y/o maduración sexual se refugian en los rostros bellísimos de los idols surcoreanos, rostros lisos, quirúrgicamente intervenidos, occidentalizados (desterritorializados) y, por sobre todo, de género ambiguo. Desahuciados de contexto, estos rostros-imágenes se encuentran muchas veces vaciados de los escasos contenidos los cuales les son atribuidos por sus empresas discográficas emisoras, contenidos que son perdidos en el tránsito a través de las latitudes y de las barreras idiomáticas. Este proceso consiste en una aculturación por parte de los jóvenes receptores, quienes caducan los códigos de circulación estética occidentales ante el influjo del «pop» surcoreano, como medida de resistencia o de supervivencia estratégica, no ante un peligro inminente proyectado desde el continente asiático, sino desde una violencia inmanente la cual les presenta la normatividad del género binario dentro de su propio contexto. Un nuevo tipo de orientalismo, inimaginado por Edward Said, se hilvana entre periferias poscoloniales en la era de la globalización informática, cuyo bastión principal es el medrar de la demarcación de los géneros entre lo masculino y lo femenino, exclusivos y excluyentes.

¿Cómo podemos abordar este cambio paradigmático en la representación visual? La historia del arte occidental otorga ciertas herramientas de lectura frente a la especificidad de los rostros y su relación con la distribución del poder en los territorios. En el período clásico de la pintura occidental, el género del retrato ya se ve cargado simbólicamente como cartografía de las jerarquías sociales oligárquicas, tanto en Europa como en el cafichado criollo de la Colonia. Por otro lado, desde la sico-semiología, Gilles Deleuze y Félix Guattari proponen en sus Mil mesetas el concepto de rostridad, el cual luego es reelaborado por Guattari en Líneas de fuga. Por otro mundo de posibles. La rostridad refiere al carácter etnográfico con el cual el poder busca excluir a los cuerpos disímiles (en cuanto a raza-clase-género), particularmente a través de la demarcación y el reconocimiento del triángulo facial de los ojos-nariz-boca; categoría que gana vigencia alarmante en la época de los software de reconocimiento facial alojados en redes sociales. En el contexto local, Diamela Eltit elabora en torno a la obra de Francisco Zegers el vínculo entre rostro, retrato y otredad, deteniéndose en «la fotografía como instrumento para construir los nuevos parámetros en (…) una cultura “pop”. El retrato, entonces, proliferó y proliferó a través de la cámara oscura hasta copar los espacios públicos y privados en que deambulaba lo social, incorporando diversos y nuevos relatos faciales.» (2004: 6-7)

Esteban Vargas Roa inscribe su propuesta fotográfica dentro de los relatos faciales del retrato, herramienta que sintetiza los nuevos territorios del deseo bajo los simétricos triángulos de rostridad idol. Realiza una suerte de contra-etnografía, donde no existe agente externo que interpele e interprete al objeto fotográfico (divide, segmente, colonize), sino que participa dentro de un acto estacionario donde se nivela y supedita ante los agentes de la nueva norma de ambigüedad, evitando la apropiación cultural.

[1] Fonéticamente «měi».

[2] Fonéticamente «guó».

[3] Me refiero a la Nueva Ola de música pop surcoreana contemporánea (en cuya base está la intención de circular por el extranjero, por lo mismo aún se disputa si se inaugura con la solista BoA, quien fue promocionada en Japón el año 2000, o bien con la gira Rain’s Coming del cantante Rain, entre 2006 y 2007), y consiste tanto de la música en sí como las representaciones escénicas y audiovisuales que las acompañan, al igual que las estéticas que generan y la industria musical que las produce. Para llegar a esta definición y perodización se consultó el trabajo de Hyun-joon Shin, en especial al artículo «El pop nacional adquiere impulso para la nueva “Ola Coreana”». (2011)

[4] Lesbianas, geis, transgéneros/transsexuales, bisexuales, intersexuales, asexuales, queer y demases incluyendo aliados dependiendo la perspectiva.

Acerca de gastón j. muñoz j. (Santiago de Chile, 1993):
Vive y trabaja en Ciudad de México y Santiago de Chile. Crítica, curadora, docente e investigadora en temas de arte, cíborgs, sexualidades y transculturalidad. Licenciada en Teoría e Historia del Arte de la Universidad de Chile. Docente en la Facultad de Artes de la Universidad de Chile y de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Ha publicado artículos especializados en revistas científicas de Ciudad de México, Estocolmo, La Plata y Santiago. Su primer libro Capitalismo cagüay. Pop nipón en el arte chileno postransicional será publicado por Pólvora Editorial en 2019.

Miguk, Esteban Vargas Roa.

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