#6 TRABAJO, por Diego Maureira.

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El investigador y teórico del arte Diego Maureira (Chile, 1989) escribe para la exposición “Libre de dolor. Estado – Cuerpo – Escatología” de los artistas Kenji Senda y Camilo Garrido, realizada en Galería Panam (Santiago, Chile) durante el mes de Octubre del año 2018.

Kenji Senda me preguntó: «¿Usarías una pieza cyborg?». «Sí», dije sin titubeos, porque sí lo haría. Kenji quedó atontado por mi respuesta. No pensé que fuera gran cosa, pero Kenji volvió a ponerse en el lugar de una pieza cyborg habitando un cuerpo humano y no pudo contener su rechazo. No sabía expresar por qué. Cuando llegamos a Panam había una roída y enorme máquina de trabajo y tortura. Tortura y trabajo en una misma frase.

Libre de dolor. Estado-cuerpo-escatología es el nombre de la exposición de Kenji Senda y Camilo Garrido. Un nombre para preguntarse por dónde empezar. Yo, que soy flojo, prefiero no empezar por ninguna parte. Detesto los nombres de las exposiciones. Solo me gustan cuando tienen un lugar sincrónico o activo con lo que se expone o acontece. Si no es así, creo que no es necesario poner nombres. Puesto que hoy en día todas las artes están integradas, lo ideal es dominar perfectamente cada una de las áreas que la obra exige. De lo contrario, es recomendable prescindir de lo accesorio. La meta del arte transmoderno no es quebrar sino transmutar. Es extraño: cuando la fusión de todas las disciplinas está permitida, nadie tiene ganas de usarlas mal (¡todos fracasan tratando de usarlas de forma correcta!).

Aún así, este nombre enciende una cadena de signos que, interconectados, se complementan: libre… dolor… Estado… cuerpo… escatología… Es una especie de árbol genealógico o camino de galletas. ¿Por qué Kenji no puede soportar una extremidad cyborg? ¿Qué hay de malo en eso?

Más allá de lo que se ve en Panam, la labor de Kenji es en sí monótona y reiterativa. Un trabajo sacrificial, esclavista, en concordancia con la propia pieza escultórica: una estructura mecánica de tortura y trabajo para someter al cuerpo. Aquí la prótesis adquiere un carácter absolutamente opresivo. Físico. No mental ni perceptivo. La fuerza sometiendo al cuerpo, no permitiéndole escapar (la tecnología virtual nos permite hoy huir constantemente a cualquier lugar dentro y fuera del mundo: videojuegos, redes sociales, etcétera).

Algunos como Baudrillard rechazaron de forma rotunda el ingreso –sometimiento– humano a la realidad virtual (cuestión que, por lo demás, sucede hoy a pasos agigantados). Con el tiempo hemos ido sabiendo que no solo existe una, sino varias formas de realidad virtual. Mientras estas sigan aumentando y entrando en contacto, más determinante será su papel en el orden de la vida humana. ¿La máquina virtual, enfocada en los sentidos, también es opresiva?

Un pesado artefacto sirve para cubrir la cabeza de una persona. Esta es su mejor función como objeto a los ojos humanos. Capturar al cuerpo. Coartarlo. Encerrarlo. Oprimirlo. Segarlo. ¿Por qué Kenji crea esta escenografía, digna de película de terror? Un arte escenográfico –más incluso que muchas performances– y en algún punto masoquista (¿libre de dolor?).

En esta instalación todo carga con esa energía. La abnegada utilidad práctica del cartón, el nylon y la madera aleja a estos materiales, por costumbre, de toda condición elevada o de prestigio (aunque en la época del hiperplano incluso esto ha tendido a devaluarse). Da igual. Se trata de materiales de trabajo, funcionales, agotables, con escaso valor en el orden sensible (quizá esto explica el gusto de ciertos artistas por pintar sobre cartón: como si fuesen sobrevivientes del propio apocalipsis de la pintura).

Kenji me confesó que la experiencia de crear esta máquina fue tortuosa y desgastante.  Restringió la labor casi por completo a un único tamaño de cartón, un formato más bien pequeño. Con aquel recurso y una argamasa del mismo material elaboró la plataforma que sirve de base y los pilares que sostienen la estructura. La elaboración fue un sometimiento autoimpuesto y arbitrario. Esta obstinación del arte es única: su resistencia alcanza a veces una luz demencial invaluable, como la torpe genialidad de la locura o la vitalidad que inflinge el contacto con la muerte.

Un órgano o extremidad cyborg me parece algo muy seductor. Alterar y mejorar ciertos sentidos, o percibir cosas nunca antes percibidas. Esto modificaría bastante nuestra comprensión y comportamiento en el mundo. Todo muere, hace incalculables siglos y en el tiempo presente. Necesitamos herramientas para hacer frente a lo imposergable. Es lógico que tendamos precisamente a convertirnos en herramientas para nuestra propia supervivencia.

Caminamos por Santiago Centro con Kenji y un instinto parecido nos lleva a pensar en lo agradeble que es el atardecer. Estamos en plena primavera y concluímos que las mejores cosas de la vida son así de sencillas. Recibir la fuerza imponente y contemplativa de la tarde. Todo se va y se pierde acelerádamente. Y uno está parado, observando atónito, arrastrado por una estela. Comenté a Kenji que tenía que ver justamente con el trabajo y la economía. Una pieza tecnológica puede optimizar la experiencia, ampliarla y mejorarla. Empequeñecer el mundo, capturarlo, retenerlo, abarcarlo, precisarlo, contenerlo. La máquina le corresponde al ser humano. Es su único consuelo y esperanza. Kenji, inamobible en su afección, pero empático, concedió una parcial validez a mi postura. «Entiendo tu punto», me dijo.

Acerca de Diego Maureira (Santiago de Chile, 1989):

Vive y trabaja en Santiago de Chile. Teórico e Historiador del Arte de la Universidad de Chile. Postulante al grado de Magíster en Artes con mención en Teoría e Historia del Arte por la misma universidad. Docente en cátedras de arte moderno y contemporáneo (Universidad de Chile, Diego Portales, Alberto Hurtado y ARCIS). Ha publicado artículos en revistas de arte e investigaciones ligadas al arte chileno de las últimas décadas. Entre otros, ha escrito en los libros Arte, ciudad y esfera pública (Metales Pesados, 2015), Ensayos sobre Artes Visuales. Volumen V (LOM Ediciones, 2016), De la tierra al cielo: arte, cultura japonesa y escenas locales (Editorial Filacteria, 2018) y Astrónomos sin estrellas (Ediciones Departamento de Artes Visuales, 2018).

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