#5 PORTALES, por Diego Maureira.

El investigador y teórico del arte Diego Maureira (Chile, 1989) escribe para la exposición “The Scavenger” de Rodrigo Toro en FLORA ars+natura (Bogotá, Colombia). Septiembre, 2018.

 

Toda niñez cumple para la humanidad algo grande, insustituible. Toda niñez vincula, en su interés por los fenómenos técnicos, en su curiosidad por toda clase de inventos y maquinarias, los logros técnicos con los antiguos mundos simbólicos.

Walter Benjamin

 

 

¿O tal vez lo que pasa es que el hombre, mientras va perdiendo el rastro de su pasado, se siente presa de la nostalgia de las sociedades sin historia, con el presentimiento oscuro de estar regresando al mismo punto?

Jean Baudrillard

 

En un cuento de Julio Verne llamado La jornada de un periodista americano en 2889, el protagonista es el dueño de un enorme periódico del futuro y es, por tanto, una de las personas más poderosas del mundo. Hay que considerar que Julio Verne falleció a comienzos del siglo XX y desde entonces es un referente dentro de la ciencia ficción y la estética futurista. Como es usual, la de Julio Verne fue una premonición desajustada (como todo lo que está basado en la imaginación). Sin embargo, es curioso lo que este escritor pudo vislumbrar. Asoció el poder, de lo que para él representaba el futuro, a los medios masivos de comunicación. Todo es extraño en su predicción y muchas cosas no coinciden con el tiempo presente (¡para nosotros resultan obsoletas!). Todo parece indicar que internet es un futuro bastante complejo y desconcertante.

Hoy en día, las especulaciones que podemos proponer sobre lo venidero ya poseen la herencia de un extensa producción vinculada al futuro. Ya conocemos el sinsentido de estas. Los futuros que nos atraen, en pleno siglo XXI, son más bien los que están a la vuelta de la esquina (la serie Black Mirror es el mejor caso). Ya no nos asombra lo mismo de antes (la remota y alegre posibilidad de un futuro tal como fue contado por las sagas interestelares de los años 70 y 80). La época de la transmodernidad no tiene un interés particularmente esperanzador por lo que vendrá. Lo único seguro es el presente. Pero no cualquier presente: uno que por primera vez es comunicable, reproducible, transmisible, proyectable. Todos somos directores de una presencia virtual que se confunde en nuestras vidas. Vencer a la muerte no es una meta a largo plazo que exija todos nuestros esfuerzos, como conglomerado, sino una batalla que se pierde y se gana todos los días de forma individual, como un videojuego.

La modernidad, que estuvo centrada en el futuro, hoy nos lega una amplia estela de mitos. Estos, como buenas obras de ficción –pero acorde a la era de la ciencia–, vivieron en su pura y constante gestación (al menos desde mediados del siglo XX). Es inevitable: aquello que nos da sentido hoy, es casi seguro que no nos dará sentido mañana. Este ejercicio, desde su lado más ilustrativo y práctico, puede demostrarse por medio de las herramientas y avances técnicos que el ser humano ha elaborado en las distintas edades de su historia. Como buenos mitos, estos relatos poseían un vínculo estrecho con lo real. Sus especulaciones no eran del todo descartables. Ahí estaba su encanto. Aristóteles decía que la distinción fundamental entre poesía e historia radicaba en que la primera no narraba el pasado (los datos positivos), sino lo que podría ocurrir. Desde este núcleo emanaba su poder de empatía. El futuro que ficcionó la modernidad se construyó más bien estéticamente y no tanto a partir de una nueva poética: la cultura de masas no permite desvíos como el de las artes visuales, que destronó los límites de su propia tradición y lugar en el mundo.

El futuro pierde mucha grandilocuencia épica ya a finales del siglo XX. Posee muchas veces un carácter postapocalíptico: el mundo se extingue por completo o reanuda un curso malsano después de la corrupción y devastación total. Katsuhiro Otomo destruye Tokio con una bomba nuclear en 1988 en su aclamada película de animación Akira. Tras la devastación, se alza pocos años después una megalópolis oscura y frenética, colmada de luces, protestas, represión y vandalismo adolescente. La desesperanza de este futuro distópico es compartida por su otro extremo, la devastación absoluta de la civilización. Esta mera sobrevivencia es otro paradigma dentro de nuestros futuros posibles. La humanidad experimenta un exterminio masivo y el ritmo de la técnica se congela. Al desaparecer la mano humana pierde su ánimo febril: la modernidad se diluye y ahora todo es ruina, inapelablemente.

Esta visión finisecular alimenta la postura artística de Rodrigo Toro. Su sentido del tiempo se dibuja a través de los ojos de un sobreviviente a la devastación. Son incontables los autores que han planteado la devastación y el infierno como un «ahora». Como algo que no deja de ocurrir. Es indiscutible esta condena del tiempo. En nuestro mapa de conceptos todo se hila de forma compleja, las cosas no son connaturales, nada se presenta como simultáneo. Pero si abrimos los ojos para ver el mundo tal como se comporta en su persistente devastación, podemos entender que todo ocurre y confluye y nada es ajeno (lo remoto y lo cercano). Los objetos nos recuerdan su propia historia, pero somos nosotros quienes le asignamos un tiempo, un valor, un uso. La obra de Rodrigo Toro instala un portal a través del cual contemplar el mundo: no hay reglas, no hay conceptos, no hay sociedad, no hay cultura. La obra conecta incestuosamente la funcionalidad de los objetos, para activar funciones que no tienen cabida en nuestras frágiles codificaciones humanas. Su obra es el tiempo de la carroña, el desequilibrado trabajo de la pura obsesión.

Acerca de Diego Maureira (Santiago de Chile, 1989):

Vive y trabaja en Santiago de Chile. Teórico e Historiador del Arte de la Universidad de Chile. Postulante al grado de Magíster en Artes con mención en Teoría e Historia del Arte por la misma universidad. Docente en cátedras de arte moderno y contemporáneo (Universidad de Chile, Diego Portales, Alberto Hurtado y ARCIS). Ha publicado artículos en revistas de arte e investigaciones ligadas al arte chileno de las últimas décadas. Entre otros, ha escrito en los libros Arte, ciudad y esfera pública (Metales Pesados, 2015), Ensayos sobre Artes Visuales. Volumen V (LOM Ediciones, 2016), De la tierra al cielo: arte, cultura japonesa y escenas locales (Editorial Filacteria, 2018) y Astrónomos sin estrellas (Ediciones Departamento de Artes Visuales, 2018).

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s